Capítulo I: Tragedia en la capital

07.12.2018

Tan solo veo y percibo dolor. Dónde quedaron los tiempos pasados? Aquellos en los que reíamos y gozábamos como los que más. Ahora no sabemos disfrutar el uno del otro. Solo el compromiso me une con mi cónyuge. Nuestra relación continúa tan viciada como el aire que respiramos aquí, en la capital. Nunca debimos irnos del pueblo. Nunca debimos renunciar a nuestros orígenes. Arrancamos nuestras raíces de manera antinatural y nuestra semilla nunca se asentó. Mi mujer y yo hemos tenido varios hijos pero todos se han alejado del hogar, no quisieron entancarse en este depresivo ambiente y partieron a pesar de encontrarse con domicilio en la tierra de oportunidades. Ya ni siquiera vienen a visitarnos. Este último hecho nos desgarra el alma. Nos ha consumido por dentro y nos ha convertido en sujetos vacíos.

Tampoco encontramos actividades alternativas, y no nos encontramos en disposición de trabajar por nuestra elevada edad. Carolina tuvo más suerte que yo y debido a su enfermedad, pasa mucho tiempo durmiendo encamada. Yo recuerdo todos mis errores desde que me despierto hasta que me acuesto con mi pobre esposa. Mi principal pasatiempo se basa en recordar épocas pasadas. Aquí murieron mis ganas de seguir viviendo. Antaño me gustaba leer prensa y literatura pero ahora mis problemas de visión me lo impiden. ¡Maldita sea¡ Esos ingratos podrían visitarnos algún mísero día. A su madre le quedan pocos días y yo tampoco estoy por la labor de aguantar esta pesarosa existencia. Mis lágrimas están mojando el papel, pues ya soy incapaz de cohibirme más. Eso demuestra por lo menos que existo. De hecho, la extrema soledad nos ha hecho modificar nuestra conducta y apenas si nos comunicamos mediante monosílabos. Ningún ser humano se merece acabar así.

Más que la soledad y la deficiente relación con Carolina, lo que me mata es la ociosidad. Qué hacer, qué decir, cómo actuar. Los fantasmas vienen y jugamos, pero esta presencia es irreal, un pensamiento irracional de este maltratado cerebro. Hace tiempo que perdí la esperanza. El estado de mi mujer me deprime aún más y me baja aún más el ánimo. La veo sentada en su silla. Un cuerpo raquítico que busca su final ante mis ojos, órganos visuales de una persona con 82 años y dos trasplantes de riñón a sus espaldas. Intento entablar conversación con ella pero es inútil. Intento gritar pero mi disfónica voz también me priva de ese placer. ¿Qué debo hacer? De repente, mi vena trágica ha salido a la luz. Mi instinto atávico ha salido ante la ausencia de respuestas civilizadas. Para liberarnos los dos, la mataré con la pala. Así me encarcelarán y me sentenciarán a muerte. Los dos estaremos muertos de una vez y las alimañas podrán darse un festín con nuestros podridos restos en la húmeda tierra.


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