Distopía

05.12.2018

Bach, Quintette Moraguès, Paul Kuent y Mikhail Rudy me llevan cada noche al Olimpo para alejarme de los lobos. Los cánidos procurarán devorarme pero dentro de unos años seré de hierro. Algunos campesinos no tienen donde resguardarse, por lo que mueren destripados. El hedor de sus sesos en el pavimento es nuestro despertador. La liberación es una utopía en esta distopía mejor descrita que la Oceanía de 1984 orwelliana. Nos han quitado todo. Somos sujetos alineados. Los disidentes son los únicos que no tienen acceso a la vivienda, y se convierten en la presas de las bestias del régimen. En medio de toda esta "democracia", vuelta al estado de Naturaleza.

 Los lobos ya no se contentan con meros jabalís. Arces, ciervos, gamos y demás criaturas entran en la posible lista de estos exigentes comensales. Los instintos primitivos han recobrado fuerza entre las capas más bajas de la población, que se matan entre ellas sin un motivo aparente. Mientras, los ideólogos y los estadistas del cruel sistema descansan y viven de las rentas que produce el régimen. Los lobos pagan por matar y comer. Las presas pueden ser los atacantes si disponen de mayor capacidad pecuniaria. Ahora todo es comercializable. La esclavitud, el asesinato y el canibalismo están libremente reconocidos. Todo esto es una pesadilla. Las relaciones humanas se basan en esta siniestra relación.

Los propietarios y sus sucios cómplices se alimentan del miedo y de la ignorancia de las pocas personas cabales. Tampoco ellos pueden volver a la normalidad y acaban aceptando el macabro juego. Dadas las condiciones, la tasa de mortalidad es muy elevada y hay provisiones para todos. Aún así, las extremas desigualdades impiden una correcta redistribución de los recursos y  las clases altas son las únicas que se alimentan de comida decente. Los demás, el 90% restante, debe matar y comer carne humana si quiere sobrevivir. Los caudillos gobiernan a base de decretos, pero su principal fuente de poder reside en el control de los lobos. Estos funcionarios forman parte del único sector de las masas que reciben algún tipo de remuneración. Sin embargo, el precio es muy alto. Al principio les repudia matar personas indiscriminadamente pero luego se convierten en verdaderos asesinos. Su salario se basa en los asesinatos que acometen, de manera que todos tienen incentivos para llevar a cabo la criba.

Nuestros corazones se han podrido, pues las élites han entrado en lo más profundo de ellos. No veo la solución en ningún sitio. Cuento los días para que me maten. No tengo comida, hecho que ha provocado la muerte de mis dos únicos hijos. Mi esposa ha propuesto comernos entre nosotros. Empezaremos por los dedos. Nos hacen vivir y sentir como ratas, y ahora, por último, pensar como ratas. ¿Acaso la crueldad no tiene límites? ¿La empatía y la igualdad han existido alguna vez?  La extinción sería lo mejor pero eso también lo tienen controlado esos individuos con aspecto porcino. Los déspotas controlan también la tasa de natalidad y nos obligan a mantener relaciones sexuales bajo vigilancia. Todo aquel movimiento que se aleje de lo previamente establecido y que demuestre algo de cordura, es duramente reprimido. Solo me queda llorar una noche más en este infierno terrenal.

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