Historias I

La música me posee. Ni drogas, ni amistades, ni alegrías del mundo exterior, el verdadero éxtasis es producto de esta cadencia milagrosa que escucho. Bendito dubstep, future house, big room, drumstep y glitch hop. Qué dichoso se me hace escucharos¡ Esto sí que evade. Esto, unido al pádel y a la actividad como administrador de una plantilla virtual, me aporta argumentos suficientes para estar de buen humor.
Hoy no he jugado al deporte antes mencionado, pero he avanzado en relaciones sociales. Eugenia todavía es lejana, pero cada vez me acerco más a ella, Juan inició hoy una maravillosa conversación en una popular red social y dialogué de manera cordial, amistosa y relajada con mis vecinas Katia y Ruth. Me alegra que puedo mantener una conversación decente a día de hoy con personas que apenas estimo.
Sin embargo, el conflicto no tarda en aparecer y es el eje en el que giran gran parte de mis problemas. El caso es cómo puedo saber lo que piensa la otra persona. ¿Me considerarán su amigo, colega o un simple conocido con el que son majos porque son simpáticos y afables con todo el mundo? Invertiría todo mi arsenal de conocimientos, provistos de una base monetaria extensa a fin de averiguar estas incómodas preguntas. Sí, perdería humanidad pero todo sería mucho más sencillo. No obstante, qué es la humanidad sino una fuente continua de dolor e inclemencias. Una realidad sencilla con mentes más fáciles de descifrar. ¿Seremos capaces en el futuro de sintetizar esta realidad tan compleja que nos apabulla y nos deprime a mansalva?
Este tema me inspira y me da materia prima para reflexionar. Voy a escibir en un devenir no muy alejado sobre ello. Un Foucault, Sartre o Camus, yo no me planto límites, si bien admiro mi devoción por la creación y la escritura libre. Prefiero romper corsés antes que mantenerlos. Escritor y periodista suena bien y la primera opción, como complementaria de la actividad periodística es cuanto menos ilusionante. "Resarcimiento de una afrenta" está bien para empezar. Mi meta, novela corta de 50 páginas. Todo lo que no sea llegar a esa cifra mi mente lo tipificará como labor insuficiente. Cuento con el argumento, aunque he de rescatar los capítulos y los personajes de mi convulsa cabeza.